BUSCANDO RESPUESTAS

No me acuerdo con certeza en qué momento me preocupé por cómo me veía, pero recuerdo que tenía una amiga, quien sigue siendo una muy buena amiga, repugnar su baby fat. Esa carnita blandita con algo de celulitis pero “cute”. Yo por el contrario era flaaaaca como una escoba y chiquita. Pero chiquita de verdad, hoy en día no llego al metro cincuenta. Quiero aclarar que sin pena alguna. Yo siempre he llevado muy bien mi estatura. Y si, me se todos los dichos de perfumes y venenos en envases pequeños.

A mis solo 11 años me desarrollé. Ya medio que se acercaba, pero no sabía qué esperar de la experiencia. Por suerte no fue tan traumática. Los que sí empezaron a volverse problemáticos fueron mis senos, me crecieron tanto que a mis 16 años yo ya era copa D. Un trauma total. Todo me quedaba chico, no encontraba sostenes y por supuesto siempre hay alguien que te jode la paciencia con la alcancía.

En casa nunca me inculcaron ningún deporte por lo que la actividad física para mantenerse saludable en mis años de adolescencia fue nula. Cero actividad física. Wow lo escribo y no lo creo, no me reconocería mi yo del pasado…

El punto fue que empecé a engordar por comer mal (léase, “lo que me daba la gana”) y mis senos eran enormes. Mala combinación. Habían días en que solo estaba a dieta por 2 días y ya rebajaba lo que necesitaba (¡hola, juventud!). Empezó a crearse el interés por cuidarse el peso. En los recreos del colegio, la que estaba a dieta no comía. Siempre terminaba mendigando una empanada por estar aguantando hambre. Y en efecto, esta fue la primera vez que tuve conciencia de que algo estaba mal. No es saludable que algo que comenzó como interés se desarrollara en obsesión.

Por alguna razón yo pensaba que la comida se iba a acabar. Cuando iba a algún restaurante, casa de amigos y fiestas; me quería comer todo. Los atracones de comida no eran normales. Aparte de que estábamos en la época en donde el licor y las drogas se volvieron conocidos. Juntos y separados. Muchos vicios juntos, mucha presión social y muy poco carácter.

Me casé cuando tenía 23, tuve a mi hija cuando tenía 27 y después de eso nada fue igual. Antes no era que fuese perfecto, pero me sentía bien y estaba segura de mi figura. En mi embarazo me salieron estrías en la barriga, desde el ombligo hasta el hueso pélvico. Como yo soy muy blanca no se me ven, pero el estiramiento de mi panza fue tal, que parte del músculo y el exceso de piel se soltaron. Fue bastante traumático saber que así me iba a quedar. Que por qué no me hice láser? Que por qué no me opero? Eso es cuento para otro momento.

Perdí el peso del embarazo bastante rápido por mi depresión post parto. Ya nada estaba en su lugar y me sentía desconectada de mi cuerpo. Como que cuando me veía, era la piel de otra persona. La textura de mi piel cambió, mi cabello se caía y la herida de la cesárea me dolía mucho.

Después de varios años he logrado tomar un poco más de conciencia de mi cuerpo. Cuidarlo un poco más que antes, darle algo de ejercicio físico. Hasta corrí 15km en una carrera por la ciudad. ¡Cómo me gustaba correr! Era tan mío, tan propios todos esos logros. Algún día volveré.

Y ahora a mis 33, puedo decir que no he podido superar lo de los atracones, ni de sentirme culpable por lo que comí el día anterior y por cómo en este día tengo que “portarme bien”. Hasta qué momento me dejaré de sentir como una niña? A quién le tengo que rendir cuentas? Acaso siento que todos me miran? No, la verdad no me siento así, pero me siento más aceptada y más feliz y más segura de mi apariencia cuando estoy flaca. Todavía no logro definir cómo se me trastocó el tornillo de la imagen personal, pero seguro fue en mi adolescencia. Así que puedo decirles con toda confianza después de este análisis que les comparto que:

“HOLA, SOY AMELIA Y TENGO UN DESORDEN ALIMENTICIO”.

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