EL CÍRCULO

Tengo años con bruxismo, que es la acción de apretar y rechinar los dientes de noche o de día, en mi caso cuando estoy concentrada en algo. Por ejemplo, ahora mismo lo estoy haciendo y me acabo de dar cuenta. Esto desgasta los dientes, están golpeándose uno a uno; dormida no me doy cuenta hasta que mi esposo me despierta porque no puede dormir por el sonido o porque está aterrado que me vaya a romper la dentadura con semejante batalla allá adentro. La férula que tengo es vieja y muy desgastada, por lo que tengo que cambiarla. Porque soy como soy, tiendo a atender a todo el mundo antes que a mí y pues lo he dejado de lado.

Por el bruxismo he estado durmiendo mal. Me duele la mandíbula, el cuello y la espalda al día siguiente. He estado entre pastillas para relajar, dormir mejor, métodos naturales, etc. Pero esta condición, principalmente, la causa el estrés. Y yo respiro estrés. Siempre he sido ansiosa.

Me fui a la clínica del dolor y y después de gastarme un brazo y una pierna y de sumar en mi cabeza las 15 terapias que me enviaron con láser para desinflamar, me di cuenta que mi póliza de seguro médico no me cubre ni la mitad de esas terapias. Y yo no puedo pagar tres sesiones a la semana como era lo recomendado.

Luego de esto, tomé una decisión poco común pero en mi corazón se sentía bien. Me fui a llorar a casa de mis suegros. En dónde la esposa de mi suegro me dio los mejores consejos sobre tantas cosas, varias veces se había ofrecido pero, yo por orgullo y por una discusión tonta que tuvimos hace unos meses no quería hablarle mucho. Ella y yo somos bien diferentes o tal vez bien iguales. Todavía no me decido porque muchas veces chocamos y no estamos de acuerdo en varios temas, pero como ella me dijo una vez “familia es familia” ¡y carajo cómo me cuesta hacerle caso a esta mujer cuando tiene la razón! Es la edad y la experiencia. No es que esté vieja pero, mayor que yo. También parece que se casó con un hombre con las mismas mañas que el mío y pues, podemos hacer bonding buscándoles las similitudes que nos desesperan. Y si por casualidad ellos están leyendo esto, supérenlo. Ustedes dos son idénticos, en todo lo bueno y en lo poco malo que tienen.

El punto de todo esto es que mi día fue una tremenda porquería ayer. Lleno de dolor, lloré, grité, llamé a mi psicóloga mientras me senté en una esquinita en mi clóset mientras le lloraba. En media conversa me dió un ataque de pánico. Para rematar, no? Ella me ayudó a salir de él y con tan solo escribir sobre esto en este momento, el pánico me toca la puerta para saber si estoy disponible de nuevo….no, pánico, no lo estoy. Hoy no es el día. Ya medité y alineé mis chacras. Fuck you, fuck you, BIG time!

Con mi cuñada también hablo bastante y ella me dice que cuando siente que se va para abajo en la montaña rusa, mejor se baja. Se desabrocha el cinturón y se baja. Lo que me pasa a mí es que a veces se me olvida bajarme porque tengo la mente congestionada de emociones…pero debo bajarme más a menudo. Además que la adrenalina es deliciosa, no? ¡Cómo nos gusta el sufrimiento!

Al final del día, lloviendo y tronando como solo pasa en esta selva tropical, me puse mi pijama, me metí en mi cama y, en ese instante, una amiga me manda una foto cuando estábamos en la playa juntas hace unos años. Estábamos en una fogata en Playa El Toro en Pedasí, acostadas sobre una manta en la arena y como a mi me encanta documentar cada minuto de mi vida por si algún día pierdo la memoria, nos tomé una selfie. El flash nos encandiló la cara y ambas cerramos los ojos y ella se tapó los ojos. Nos reímos. Nos reímos bastante. Y lo mejor, cuando vi la foto en mi celular, me reí yo. Se me quitó todo. El estrés se me levantó de los hombros. Y ahora mientras escribo esto, lloro. Lloro de alegría de tener una amiga que “algo” hizo que me mandara en ese momento esa foto, en el día más difícil de mi cuarentena.

Como si la foto de ese recuerdo tan divertido no fuera suficiente, me escribe alguien con quien había perdido el contacto hace unos meses y me dice que le gusta mucho como escribo, me dijo cosas muy lindas que me llenaron el corazón. A los minutos, otra amiga me escribe y me dice que por favor no pare, que quiere seguir sabiendo qué pasa en mi vida. Que algo tengo adentro y que algo está saliendo de mí que no había visto antes y que es solo el comienzo. Aclaro aquí que yo no me creo nada especial en cuanto a la escritura y que me toca descifrar un poco qué es lo que le gusta a la gente y qué estoy haciendo.

Finalmente, di gracias. Di gracias a la vida por funcionar así. Por ser redonda como un círculo. Porque cuando estás abajo, ya sabes que la única manera de seguir andando es subiendo la loma del círculo. Me dormí con una aplicación de meditación y hoy me desperté arriba del círculo; pero me desperté con cuidado y toda la mañana he estado caminando suave, con delicadeza, casi como si todo se pudiera quebrar en un dos por tres, gozándome la parte de arriba del círculo, que es tan fugaz como lo es la parte baja, solo que esa se nos hace eterna…

Así que si alguien necesita leer esto hoy o mañana o el día que sea, sépalo. Sepa que el círculo es cerrado, estás adentro y bajas y subes, y bajas y subes. Una y otra vez. Disfruta lo de arriba y aprende de lo de abajo. Prepárate para cuando vayas de bajada y saborea cada minuto desde su cima.

Y aquí, sigo llorando de alegría porque estoy arriba y estoy feliz, con todo y mi bruxismo, con todo y que estamos en cuarentena, con todo y que mi calendario del celular dice que en unos días empieza mi PMS.

ROADTRIP 101

Hace como 10 años salió un artículo en la Revista Ellas sobre personas que dejaron la vida en la ciudad y se mudaron al interior. El articulo se llamaba “Me mudé al interior”. Me encantó leer por qué la gente se mudaba y tomaba esa decisión tan poco común. Me gustó leerlo tanto porque mi esposo y yo lo acabábamos de hacer. Nos mudamos un julio del 2010 a Chitré y vivimos por 6 años y medio en esa pequeña ciudad que nos vio madurar tanto.

Lo único que no me gustó del artículo en general es que no nos hubieran llamado para entrevistarnos. Cuando lo estaba leyendo, pensaba: “pero yo puedo decir tanto, quiero decir tanto, quiero contarle al mundo entero porque rompimos esquemas y nos fuimos de la jungla de concreto y quiero gritarle al mundo que ¡soy rebelde!”. Por otro lado, mi esposo no estaba tan exaltado como yo y mis emociones; él es de los que dice que me voy a morir de exagerada. Será.

Cuando Iván y yo decidimos casarnos siempre nos dijimos que queríamos ir a vivir al interior del país. No sabíamos dónde, pero una vez de novios, fuimos a pasar unas vacaciones en Tierras Altas, paseamos por todo Cerro Punta, Volcán y Boquete. Me acuerdo que nos quedamos en las cabañas Kusikas que era el alojamiento en donde yo me quedaba con mi familia cuando visitábamos Chiriquí siglos atrás. Estaban exactamente iguales, deliciosas. El río pasa detrás de ellas, están separadas las unas de las otras y los pinos alrededor. El clima fresco y de noche nos teníamos que abrazar extra fuerte para no morir congelados.

Me acuerdo que nos montábamos en el carro y paseábamos sin saber muy bien a dónde nos llevaba la carretera. Llegamos a una loma en donde se veían las vistas más verdes que había visto jamás. Nos bajamos del carro y nos quedamos varios minutos observando lo que sea que vivía allá abajo, lo que sea que nos daba esa tranquilidad, y vimos la bruma; cómo se abría como si supiera que necesitaba apartarse. Fue ahí, fue ese momento, en que ese paisaje y yo nos reconocimos. En el camino de vuelta a la ciudad, le dije a Iván que cuando nos casáramos yo me mudaría al interior con él. Y ese fue el principio…del principio.

2007, Tierras Altas, Chiriquí.

BULLYING

Estaba en segundo año del colegio en secundaria, tenía 14 años. Mi colegio era solo de mujeres y por cada año habían dos salones con cuarenta estudiantes cada uno. Ese fue el año 2000 y me acuerdo que el primer día de clases fue lo contrario de emocionante porque en el listado de la puerta del salón, no había quedado con las compañeras que quería. No había quedado con mi mejor amiga. Pero la experiencia de vida que fue el año 2000 lo compensó todo.

El timbre sonó, los papás despidiéndose de sus hijas, no recuerdo si los míos fueron o ese día me fui en el bus del colegio, tomé un puesto, recuerdo que era la segunda fila en el tercer puesto. Atrás se sienta una niña nueva, venía como de un colegio gringo y adelante se sienta esta otra niña que había entrado el año anterior.

Por mi parte yo nunca he sido conflictiva, no soy mezquina y recuerdo que siempre le prestaba mis plumas, apuntes, conversábamos de nada importante, riéndonos de los profesores…un poco de bullying hacia ellos, los pobres, muy probable que son una de las poblaciones que más recibe bullying psicológico o verbal.

Con la gringita de atrás empecé a tener un poco más de click. Lily era muy dulce, hablaba un splanglish interesante y yo quería hablarlo también. Escribía poesía y siempre estaba perdidamente enamorada de algún niño. Aparte que Lily tenia un hermano guapísimo.

Estábamos tan cerca las tres que conversábamos más, salíamos en los recreos y formábamos desorden en el salón desde ese fila de tres pupitres. Creo que era de esperarse que alguien sintiera celos de nuestra relación dentro de nuestra tríada. Tres son multitud cuando se está muy cerca. La del frente empezó a inventar historias de mi a Lily. A los 14 años somos muy impresionables, dramáticas y de poco auto control. Lily le creyó, nunca me confrontó y ahora yo tenía dos enemigas. Lily nunca me hizo real daño, pero la del frente, me destrozó. Corría chismes y hasta un día me acuerdo que haciendo una entrevista en un cuaderno llenado por casi 80 niñas, me llamaron hipócrita y miles de nombres más. Repito, para alguien de 14 años que seas conocida como una hipócrita (y todo lo demás) hace que no existas. Mis amigas del otro salón, mis amigas de otros años, nadie me hablaba.

Pasé un año buscando aceptación de la gente, mis notas comenzaron a verse afectadas, empecé a fumar y a tomar y me encontré con mi primer amor en medio de esa experiencia tan dramática, tan adolescente, tan teátrica casi. A mis papás no les gustaba y creo que eso lo hacía más divertido y atractivo. Me escapaba con nos él, besábamos en su carro y fumábamos escuchando Bob Marley. Un día paseando con las ventana abajo en la noche, me dedicó la canción que sonaba en la radio en ese momento, Es Por Ti de Juanes. 14 años. El 16. Yo, altamente impresionable y sensible y emotiva y todo lo demás con que tenemos que tener mucho cuidado cuando tenemos esa edad. Todo esta experiencia me entretenía y me olvidaba del resto. Qué difícil fue ese año 2000 en secundaria.

Mi papá pronto se enteró de mis andanzas y me canceló la vida. Yo vivía, pero con mi vida cancelada.

Pasaron los años y más nunca quedamos en el mismo salón. O así lo recuerdo. O tal vez la tenía tan eliminada de mi vida que la bloqueé. Más nunca hablamos, ni siquiera sobre temas de colegio, no recuerdo tampoco de verla con amigas. Iba de grupo en grupo. Y no se le veía feliz. Seguro algo pasaba en su casa. Algún problema tenía…y en efecto era así. El dinero no compra el afecto. Después de unos años, la cambiaron de colegio.

Hoy en día, a mis 33 años puedo darme cuenta de cuánto sufría ella. Tal vez sufrió más que yo con mi reputación afectada en todos los aspectos. Mi baja autoestima por tantos años y la voz que tenía en mi cabeza que me decía que estaba sola fueron secuelas de una herida a la sensibilidad y la fragilidad de la personalidad de una niña de 14 años. Después del colegio, yo llegaba a un hogar que con defectos, funcionaba bien. Ella llegaba a una casa, dudo que haya sido un hogar. Esa es mi teoría.

Y quiero aprovechar que tengo mi puerta abierta para decirle,

Querida niña del asiento del frente,

Espero que tengas una vida espectacular, que tengas todo lo que fisicamente necesitas. Espero que también puedas conseguir lo que nos da esa satisfacción en nuestros últimos días de haber vivido. Quiero que sepas que te perdono, te dejo ir y te invito a que dejes ir tu dolor, si es que ya no lo has hecho.

La vida se vive más fácil cuando uno tiene las puertas abiertas.

Con tantos deseos de que estés sana justo en estos momentos,

La niña de atrás.

Por último, quiero contar que Lily y yo seguimos siendo muy amigas, ella también se fue del colegio pero, nos reencontramos casi 20 años después siendo madres, esposas, adultas y todavía con esa química que siempre nos unió.

DÍA 48 DE CUARENTENA

¿Qué fue lo primero que pensé y sentí cuando dijeron en las noticias que nos debíamos quedar en cuarentena? Probablemente por más de 40 días…Recuerdo encontrar una sensación de tranquilidad en vez de angustia y de seguridad en vez de pánico. Me sentí cómoda y alegre de poder quedarme donde más me gusta estar, con las personas con quien más me gusta estar.

Paralelamente, esa sensación de tranquilidad se convirtió en angustia y me puse a pensar en el tiempo que esto tomaría, lo mal que muchas personas la van a pasar y sobre todo, la inseguridad de todos los vulnerables en esta pandemia. Me deprimí, la ansiedad empezó a sacar lo peor de mi y tuve que ponerme a trabajar de manera activa en mi salud mental.

Y sin que nada de lo que escribo se malinterprete como si hablara de mis privilegios, quiero decir que para mi esta ha sido una oportunidad para crecer. Algunos no se darán la oportunidad o simplemente no podrán porque no saben, pero con todo y sus subidas y bajadas; porque no todos los días son iguales y las emociones encuentran el punto débil, ha sido un momento para estar conmigo.

Esto me recuerda cuando tenía 16 años. Había quedado con mi amiga de vernos en un restaurante, yo me bajé del carro de mis papás, entré al restaurante, tomé una mesa y me senté a esperarla. Me acuerdo del orgullo que me daba estar sola esperando a otra persona, como si fuera una adulta. Cuando los demás me veían se debían reír porque yo siempre he tenido cara de niña. Mi amiga siempre se demoraba en llegar a todos lados y me hacía esperar porque no soportaba la idea de llegar primero sola. Recuerdo que le preguntaba el porqué, a lo que me decía que no le gustaba estar sola, ni que la vieran sola. Me acuerdo que le dije: pero no estas sola, estas contigo ¿Acaso no te gustas? Digamos que la cena supo un poquito amarga después, pero todavía somos buenas amigas.

Y lo que estamos viviendo es parecido. Aunque estemos en una casa llena de personas pasando la cuarentena o estemos “solos”, no lo estamos de verdad, estamos con nosotros mismos. Estamos extremadamente sensibles, o al menos yo lo estoy, así que me estoy tratando bien. Me estoy tratando con cariño, no decirme “morona” cuando busco el celular y estoy hablando por el o cuando le echo leche al vaso de agua en vez de a la taza de café…me estoy tratando bien, me doy permisos, me consiento y lo más importante me hablo con compasión.

CON LA PUERTA ABIERTA

Yo tenía días de sentirme alejada, cada quien se acostaba por su lado. Un buenas noches y un buenos días, acompañado de jalón de pies en la cama sobre las sábanas para despertarme. Fueron semanas de esto. Hasta que uno habló.

El otro no se había percatado de que estas cosas se hablaban, pero siempre obediente a escuchar, lo hizo, para que la otra persona le dijera que había una distancia. Que se sentía una distancia. Es más, se hablaba con distancia.

Uno de ellos le dijo que le resentía por unas cuantas cosas y de tanto guardar alzaba un muro. La otra parte le dijo que la telepatía no era lo suyo y mejor hablar. Se recordaron momentos con palabras hirientes, se recordaron momentos felices, se dijeron lo que se querían y lo que querían.

Hablaron con el corazón, con el alma abierta, con lágrimas y sin lágrimas. Se dijeron lo que se amaban, que se imaginaban envejeciendo en la montaña juntos y ella le dijo, que le construyera su futuro junto a él.

ESTA CANCIÓN

Me hace querer mudarme a la montaña, con internet, eso si.

Me imagino poniendome mis botas para salir a cosechar o a sembrar o arreglar mi huerto orgánico. Una brisa fresquita, casi fría. Encontré unos tomates perfectos para la ensalada. Bingo!

Obvio nada de esto pudo haber pasado si no me servía una taza de café con leche y me iba a observar la vida alrededor de la terraza, en mi silla preferida. ¡Qué delicia empezar el día así!

A la hora del almuerzo un rostizado de pollo nos espera con un serén de maíz con queso. Luego una merecida siesta que muchas veces se extiende hasta el día siguiente…

Me imagino a mi esposo tomando del mejor café del mundo mientras lee los últimos escritos sobre tendencias en el turismo sostenible o tal vez abre en forma de mancia el libro de Los Estoicos.

No se me ha olvidado lo segundo más importante, los animales. Me encuentro criando labradores, teniendo una yegua que me lleve a pasear y definitivo gatos para que me mantengan el área limpia.

Mientras escribo esto, escucho esta canción. Con una sonrisa.

CUANDO ESCRIBES CON LÁGRIMAS

Otro día más en que me levanto y es lo mismo. Nada ha cambiado. Todavía estamos encerrados. En verdad no tengo nada que me haga querer levantarme de la cama aparte de tomarme el café y hacer algo de tareas con Anna en la mañana. La escuela se ha portado tan bien, pero mandan cuanta cosa te imaginas que pueden mandar para justificar la mensualidad, y lo entiendo…es entendible. Pero me abrumo, me abruma saber que a mi esposo le están quitando parte de su salario, me abruma tener que pedirle a mi arrendador que por favor nos de un chance o que nos descuente un porcentaje del mes de alquiler hasta que nuestros ingresos regresen a la normalidad. Me abruma pensar que tal vez Anna no va a estar a la altura de lo que las maestra esperan en lecto escritura. No tengo paciencia para la parte de la escritura.

Soy dichosa que vivo en una casa con un patio y al menos podemos ir afuera a respirar aire puro, ver ardillas y pajaritos y tenemos una piscina. Qué más quiero verdad? Quiero ir a ver a mi papá, quiero ver a mi abuela, quiero ver a mi hermana menor y quiero sobre todo sentirme libre. Siento que me han quitado mi libertad, que este virus me ha quitado mi seguridad. Y la seguridad es lo que me da libertad. Hoy es un día difícil. Qué esta haciendo la gente en sus días difíciles? Rezan? Yo no soy de rezar. Meditan? estoy harta de meditar. Estoy negativa. Necesito como un baño de positivismo pero no lo encuentro. Toda el agua que tengo siento que me ahoga.

Pintar mandalas, armar rompecabezas, hacer yoga, meditar, rezar, hablar, fumar, tomar, ver tv…todo, lo he intentado todo, and it is getting old. Super old.

Esta mañana sentía que me faltaba el aire, aire por libertad, estoy en luto. En luto porque no puedo tener una vida afuera de mi casa. ¿Ya dije que quiero ir a abrazar a mi papá?

Mi esposo se ha matado trabajando por casi el último año en turismo, muchos dependen de sus decisiones, me tiene realmente triste por el saber que mucho de lo que hizo se ve tan pequeño en comparación con lo que tenemos encima y que ahora hay que empezar de nuevo, yo no conozco a nadie más dedicado y apasionado por lo que hace que el. Su mirada ha cambiado, tiene un pesar dentro de sus ojos que no quiero ver. Pero con todo y eso, él sigue optimista y dice que nos vamos a levantar. Nos vamos a levantar como país. Lo dice con mirada de pesar, pero se que lo siente.

A todo esto, esta soy solo yo. No me he puesto a martirizarme por la gente que no tiene que comer, que no tiene trabajo, y que esta realmente sola. Y honestamente, no puedo meterme en la película porque no saldría de ella.

Un día a la vez.

Un día a la vez.

Un día a la vez.

Hasta que esto pase.

SOY MUJER

Uno de estos días de cuarentena anduve con corre corre dentro de mi casa, entre el estudio desde casa, el hacer una receta de almuerzo que les había prometido a todos y que haría, dedicarle tiempo al ejercicio que no deja de ser lo que me empuja a sentirme bien todos los días del encierro. Es decir, ser perfecta. Ugh.

El final del día llegó y cuando ya todos estaban en lo suyo y la pequeña dormida, llené mi tina, abrí una revista, fumé y me relajé. Me decía constantemente que me lo merecía, me lo merecía, me lo merecía ¡carajo! ¿Pero por qué me lo tenía que estar repitiendo? Aparentemente en algún lugar escuché de manera directa o indirecta que no me lo merecía, que no me merecía atenderme, que no me merecía un momento de relajación o que era mucho lujo para una mamá.

Es la misma voz esa que nos dice a nosotras las mujeres: “calladita te ves más bonita” ¡Me quiero aventar de una azotea cuando escucho eso! Si un hombre se queda “calladito” es un idiota. Si una mujer se queda “calladita” es más elegante? De verdad que tenemos que salir a la calle ya, convocar a Alejandra Araúz y a Gaby Gnazzo para que nos liberen.

Cuando terminé la pelea sobre feminismo conmigo misma y con el espejo a toda voz mientras escuchaba el playslit de Full Moon Madness de Mia Astral me acordé de algo que me dijo una psiquiatra, me dijo que las personas que hablan consigo mismas en voz alta son más inteligentes, hacen más conexiones cognitivas y logran buscarle solución a los problemas por su cuenta. ¿Qué tal?

En efecto, llegué a una conclusión sobre mi pelea feminista conmigo misma y es que: todas mis acciones deben estar aceptadas por mi yo interior. Si no lo están, si no están alineadas, si no resuenan conmigo o se sienten raras, no puedo seguir con ellas. Lastimosamente a veces las leo mal porque me autosaboteo y porque no logro terminar de conocerme, aunque no se si algún día lo haré.

Los que dicen que somos agua en su mayoría me resuena con todo el mar que tengo dentro mío, con sus oleajes, sus mareas, la brisa que orquestra todo y sus corrientes…es tan cambiante, soy tan cambiante que es difícil seguirme el ritmo. Es fascinante porque aprendo tanto observando y cuestionándomelo todo.

Estoy agradecida de tener la oportunidad de básicamente hacer lo que me da la gana, no todas las mujeres la tuvieron en el pasado. Por supuesto que hay desigualdad disfrazada, hay complejos, hay egos más grandes que los de los cuerpos que los llevan, hay una historia familiar de conductas repetidas, pero porque tenía que ser así, llega un integrante a romper el ciclo y es ahí donde nos curamos.

BUSCANDO RESPUESTAS

No me acuerdo con certeza en qué momento me preocupé por cómo me veía, pero recuerdo que tenía una amiga, quien sigue siendo una muy buena amiga, repugnar su baby fat. Esa carnita blandita con algo de celulitis pero “cute”. Yo por el contrario era flaaaaca como una escoba y chiquita. Pero chiquita de verdad, hoy en día no llego al metro cincuenta. Quiero aclarar que sin pena alguna. Yo siempre he llevado muy bien mi estatura. Y si, me se todos los dichos de perfumes y venenos en envases pequeños.

A mis solo 11 años me desarrollé. Ya medio que se acercaba, pero no sabía qué esperar de la experiencia. Por suerte no fue tan traumática. Los que sí empezaron a volverse problemáticos fueron mis senos, me crecieron tanto que a mis 16 años yo ya era copa D. Un trauma total. Todo me quedaba chico, no encontraba sostenes y por supuesto siempre hay alguien que te jode la paciencia con la alcancía.

En casa nunca me inculcaron ningún deporte por lo que la actividad física para mantenerse saludable en mis años de adolescencia fue nula. Cero actividad física. Wow lo escribo y no lo creo, no me reconocería mi yo del pasado…

El punto fue que empecé a engordar por comer mal (léase, “lo que me daba la gana”) y mis senos eran enormes. Mala combinación. Habían días en que solo estaba a dieta por 2 días y ya rebajaba lo que necesitaba (¡hola, juventud!). Empezó a crearse el interés por cuidarse el peso. En los recreos del colegio, la que estaba a dieta no comía. Siempre terminaba mendigando una empanada por estar aguantando hambre. Y en efecto, esta fue la primera vez que tuve conciencia de que algo estaba mal. No es saludable que algo que comenzó como interés se desarrollara en obsesión.

Por alguna razón yo pensaba que la comida se iba a acabar. Cuando iba a algún restaurante, casa de amigos y fiestas; me quería comer todo. Los atracones de comida no eran normales. Aparte de que estábamos en la época en donde el licor y las drogas se volvieron conocidos. Juntos y separados. Muchos vicios juntos, mucha presión social y muy poco carácter.

Me casé cuando tenía 23, tuve a mi hija cuando tenía 27 y después de eso nada fue igual. Antes no era que fuese perfecto, pero me sentía bien y estaba segura de mi figura. En mi embarazo me salieron estrías en la barriga, desde el ombligo hasta el hueso pélvico. Como yo soy muy blanca no se me ven, pero el estiramiento de mi panza fue tal, que parte del músculo y el exceso de piel se soltaron. Fue bastante traumático saber que así me iba a quedar. Que por qué no me hice láser? Que por qué no me opero? Eso es cuento para otro momento.

Perdí el peso del embarazo bastante rápido por mi depresión post parto. Ya nada estaba en su lugar y me sentía desconectada de mi cuerpo. Como que cuando me veía, era la piel de otra persona. La textura de mi piel cambió, mi cabello se caía y la herida de la cesárea me dolía mucho.

Después de varios años he logrado tomar un poco más de conciencia de mi cuerpo. Cuidarlo un poco más que antes, darle algo de ejercicio físico. Hasta corrí 15km en una carrera por la ciudad. ¡Cómo me gustaba correr! Era tan mío, tan propios todos esos logros. Algún día volveré.

Y ahora a mis 33, puedo decir que no he podido superar lo de los atracones, ni de sentirme culpable por lo que comí el día anterior y por cómo en este día tengo que “portarme bien”. Hasta qué momento me dejaré de sentir como una niña? A quién le tengo que rendir cuentas? Acaso siento que todos me miran? No, la verdad no me siento así, pero me siento más aceptada y más feliz y más segura de mi apariencia cuando estoy flaca. Todavía no logro definir cómo se me trastocó el tornillo de la imagen personal, pero seguro fue en mi adolescencia. Así que puedo decirles con toda confianza después de este análisis que les comparto que:

“HOLA, SOY AMELIA Y TENGO UN DESORDEN ALIMENTICIO”.

Recorriendo Panamá

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By Monique Sanchíz de Mihalitsianos

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